Santander, 1976.
Hablar de la “vasta” inmensidad en la que Ricardo González ubica, plantea y desarrolla el “souvenir de no lugar” se convierte para mí en un recorrido donde imágenes y palabras, tanto vistas o dichas como no, pertenecen a un mismo misterio construido como un continuo pictórico, un no parar, un torrente de ideas y acciones donde cada elemento, cada pincelada o cada cuadro, podría estar en una permanente transformación, donde idea e imagen emergen ante la vastedad de la permanente in-quietud. La pintura no se habita desde el mismo lugar en el que se habita un supermercado, un taxi, o una autopista de peaje, donde el intento de compartir una posible parcela de pensamiento está abocado y diseñado para el fracaso. Estamos ante un imaginario del cual somos siempre público, paciente, cliente, destinatario, en el mismo sentido que los antiguos miraban la mandorla de un Pantocrátor, puerta abierta al otro lado, que nos ofrece el retrato pintado de Dios. Se ha producido la transfiguración, se ha roto la clave, nada es lo representado. Lo que sucede es una presentación, un acto voluntariamente nuevo construido para cada uno de los espectadores. Un espacio dinámico para el transeúnte-espectador de la superficie pintada, un patrón de tránsito, que desde el propio espacio expositivo nos devuelve la mirada del contenido y el continente, para hacer de la pintura contemplada un no lugar que se completa con nuestra parte de reinterpretación.
De nuevo el estampado de esa pared nos vuelve a engañar, a hacer creer en lo que vemos, pero, de pronto, el elemento abstracto, en apariencia inútil, nos cuestiona lo que parecía evidente, ¡huy!, una perspectiva se cruza y sujeta nuestra mirada en algo que se presenta inmensamente familiar, pero luego, el cartel de la oferta especial nos saca de la realidad para llevarnos a una aparente segura ensoñación, cuando una dispersión de pintura nos devuelve al cuadro. Ante la imposición de elementos tan contrapuestos, ahora ya omnipresentes, la pintura vuelve a la pintura y nos acerca al diálogo del artista entre el hacer y el pensar.
La primera vez que fui hasta su nave, (por Reinosa, que tantos y buenos artistas da y no tienen ni una maldita sala para exponer)con la sana intención de ver sus pinturas recientes, hablamos de arte, de pintura, de la vida y me fui varias horas después sin que me mostrara lo que intencionadamente me tenía preparado. Pude ver, entre sus palabras y las mías, otras muchas obras y pinturas, unas en pleno desarrollo, otras, aún sin pintar, rondando, que habitaban el lugar. Próximos puertos de atraque. Ya llevábamos mucho hablado y visto por su mano en SIANOJA este verano, y antes en Arnuero ya tenía buen timbre, pero en su territorio era yo el espectador, y así ejercí, sin contemplaciones, sin embargo esa tarde la transfiguración estaba en el aire.
Manolo Messía.
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